EL HACEDOR

«Antes de la iluminación, cortar leña, llevar agua; después de la iluminación, cortar leña, llevar agua.»

Proverbio ZEN

En algún momento, todos hemos buscado, o seguimos buscando, tener el control sobre lo que acontece en el transcurso de nuestras vidas. Fijamos resoluciones de Año Nuevo, compromisos para dejar de fumar, adelgazar o asistir regularmente al gimnasio, y metas para crear empresas, escribir libros o plantar árboles. Convivimos con la idea de que podemos manejar nuestras acciones o influir en las de los demás, o incluso dominar y someter nuestras emociones o pensamientos a nuestro libre albedrío.

Este impulso se ve alimentado y fortalecido por el vasto mundo del desarrollo personal, que refuerza estas creencias ofreciendo una amplia gama de cursos, talleres y seminarios que prometen en su menú una eficaz gestión de las emociones, ajustes en nuestras creencias y actitudes, la adopción de un pensamiento más positivo y constructivo o incluso, directamente, la creación ad-hoc de tu particular realidad personal. Todo ello. Evidentemente, con el fin de evitar dolor y sufrimiento y diseñar y obtener (supuestamente) la vida que se quiere vivir.

Paralelamente, autores renombrados, como ejemplo, Daniel Goleman o Howard Gardner, promueven y consolidan paradigmas tales como la inteligencia emocional, en un intento (¿fallido?) de brindarnos herramientas sólidas para gestionar nuestras emociones y nuestra psicología de manera más efectiva y consciente. Si fracasamos en crear la realidad que deseamos, tratemos de domar nuestras frustraciones y depresiones.   

En el terreno empresarial, la situación no es muy diferente. Ejecutivos y líderes empresariales, armados con múltiples y avanzados modelos y cuadros de mando, buscan controlar, prevenir e intervenir con acierto en las dinámicas del mercado y en la gestión de sus equipos; todo con el objetivo de alcanzar el éxito empresarial deseado.  

Y parece que cuanto mayor la incertidumbre y la inseguridad, mayores medidas de control se requieren en un viaje imparable hacia una, cada vez, mayor complejidad organizativa y de gestión para lidiar con VUCA. Y a mayor control, menor creatividad, agilidad y bienestar de los equipos. A mayor control … ¿¡menor rentabilidad!?  

La sociedad del control

En una era marcada por la aceleración tecnológica y la interconexión global, emergemos así, como habitantes de la sociedad del control. Esta tendencia hacia el dominio excesivo, presente tanto en ámbitos personales como profesionales, a menudo desemboca en una tangible frustración y en desenlaces contraproducentes. La ironía de nuestro tiempo yace en el afán de control total, un deseo que, en lugar de brindar claridad y dirección, genera caos y desconcierto.

Este fuerte deseo de control viene de nuestro anhelo profundo por más seguridad y más estabilidad, en definitiva, el anhelo de evitación de la muerte. Aspiramos a tener algún grado de control sobre nuestras vidas para evitar el dolor, el sufrimiento y la incertidumbre. Por eso, buscamos ayuda de gurús, maestros, y psicólogos. Queremos estrategias, herramientas, y técnicas que prometan ayudarnos a manejar nuestras emociones, pensamientos y acciones, con la esperanza de obtener el bienestar que deseamos en lo personal y profesional.

Pero, incluso con todos estos esfuerzos, la vida sigue siendo impredecible. La vida, la realidad, la verdad, siempre se impone a las imaginaciones, confabulaciones y conjuros de la persona. A pesar de nuestros mejores intentos, se nos escapa el control. Y cuando los esfuerzos por dominar la vida fallan, siempre nos quedará el Prozac, el Whiskey o Netflix para encontrar un respiro entre tanto malestar.

¿Más allá del control?

La realidad es que la vida es un incesante flujo de cambios y transformaciones. Aunque intentemos ponerle límites, siempre se desborda, desafiando cada intento de confinamiento. Entonces, ¿qué pasaría si, en lugar de intentar controlarlo todo, aprendemos a fluir con la vida, a abrazar la incertidumbre, y a aceptar que no todo está bajo nuestro control?

Enfrentar la vida con una actitud de apertura y aceptación puede ser un camino revelador. Al dejar de aferrarnos a la necesidad de control, podríamos empezar a experimentar la vida tal como es, no como quisiéramos que fuera. Este enfoque nos permite encontrar paz en medio del caos y entender que cada experiencia, buena o mala, es parte del gran tapiz de nuestra existencia.

Aprender a fluir con la vida también puede potenciar nuestra resiliencia. Cuando aceptamos que el cambio es una parte natural de la vida, nos volvemos más adaptativos, flexibles y capaces de enfrentar los desafíos con gracia y fortaleza. En lugar de resistirnos a cada cambio, aprendemos a ver cada situación como una oportunidad para crecer y aprender.

Tal vez, al hacerlo, descubramos un camino más genuino y satisfactorio hacia el bienestar y la realización personal. Un camino donde el disfrute surge no de intentar imponer nuestra voluntad al mundo, sino de una sintonía armoniosa con el fluir de la vida, abrazando cada momento con presencia y gratitud.

Sin embargo, al abordar el tema del control desde esta perspectiva, nos enfrentamos a una comprensión incompleta que no aborda el concepto del \»hacedor\», un aspecto esencial para entender la verdadera naturaleza del control en nuestras vidas.

No hay hacedor

En la visión tradicional del mundo, nuestro esfuerzo por comprender la lógica de los acontecimientos, los patrones y las correlaciones se sitúa en el primer plano de nuestra búsqueda de entendimiento. Dedicamos una cantidad exorbitante de energía y tiempo tratando de descifrar el rompecabezas de la vida, analizando sus múltiples piezas en busca de un cuadro coherente y completo.

Pero en medio de este esfuerzo, a menudo olvidamos cuestionarnos sobre el portador del relato, el supuesto “hacedor” detrás de las acciones, decisiones y pensamientos que pueblan nuestra experiencia cotidiana.

Esta es la cuestión fundamental que se desliza entre las sombras de nuestra investigación: ¿Quién es el hacedor? ¿Quién es el que cree tener el control, el que se identifica con el relato personal, el que afirma ser el autor de las acciones y pensamientos? ¿Quién tiene el supuesto control de toda situación? En la exploración profunda de estas preguntas, nos encontramos frente a la desconcertante pero liberadora realización de que no hay un hacedor separado, no hay un \»yo\» autónomo y aislado que dirige el espectáculo.

No Self No Problem

En el concierto contemporáneo de la literatura que busca fusionar ciencia y espiritualidad, el libro “No Self, No Problem” de Chris Niebauer lleva a los lectores a un profundo viaje de autoexploración y comprensión a través del lente de la neurociencia moderna, destilando conceptos abstractos en un análisis legible y accesible sobre la naturaleza del “yo” y su relación con la realidad que nos rodea.

Argumenta que el cerebro humano, con su inigualable complejidad, está inherentemente diseñado para construir un sentido de identidad personal o “sí mismo”, una construcción que, aunque funcional en la vida cotidiana, es en última instancia, una ilusión.

Niebauer analiza cómo el cerebro humano crea un \»sí mismo\» y cómo ese proceso puede oscurecer nuestra percepción de la realidad, sumiéndonos en un estado de dualidad donde las divisiones artificiales separan al “yo” del “otro”, el “interior” del “exterior”.

Niebauer concluye, por tanto, en consonancia con el vedanta-advaita, que la noción del hacedor es una ilusión. No hay un ser separado enfrentándose al mundo buscando alcanzar la felicidad, paz y plenitud. Este entendimiento es un guiño directo hacia la perspectiva no dual, donde las separaciones se desvanecen y la unidad fundamental de la existencia se revela en toda su claridad.

La No-dualidad y el  Hacedor

En el contexto de la no-dualidad, el hacedor es reconocido como una ilusión persistente, un constructo mental que aparece dentro de la vasta y sin límites realidad de la consciencia pura. Esta comprensión deshace las cadenas de la identificación con el pequeño “yo”, el personaje, buscador o  supuesto hacedor, permitiéndonos reconocer nuestra verdadera naturaleza como la consciencia misma, la presencia ilimitada e inmutable en la que todos los fenómenos vienen y van, incluidos los pensamientos, las emociones, las percepciones, las imágenes y las acciones.

Al soltar la identificación con el hacedor, nos abrimos a la experiencia directa y no filtrada de la vida tal como es. La vida se vive a sí misma, fluyendo con una inteligencia y armonía inherente que no requiere la intervención de un agente separado. Las acciones ocurren, los pensamientos surgen y se desvanecen, las emociones fluyen, todo dentro del espacio abierto de la consciencia, sin un hacedor que los reclame como propios.

Retorno al Control: La Ilusión Desenmascarada

Así, en la luz clara de esta comprensión, resurge la cuestión del control, esa búsqueda interminable de dominio que ha ocupado el centro de la vida humana durante milenios. Frente a la visión revelada de que no hay un hacedor separado, ¿cómo se alinea esta insaciable sed de control? Se torna evidente que el control, al igual que el hacedor, es solo otra cara de la ilusión, un intento frenético de aferrarse a una identidad y una autonomía ilusorias, un esfuerzo por dirigir el flujo intrínseco e incontrolable de la vida.

Al descubrir que no hay un hacedor, que no hay un yo separado al mando, la búsqueda de control se desvanece naturalmente. Este desvanecimiento no es una pérdida, sino una liberación. Sin la carga del hacedor, sin la necesidad de controlar cada aspecto de la vida, emerge una libertad auténtica y sin obstáculos, una apertura para que la vida fluya de manera natural y armoniosa. La vida, despojada de la necesidad de un control ilusorio, se despliega con una gracia y una belleza inimaginables, revelando un orden inherente que siempre ha estado presente, más allá de las capas de la ilusión.

En este espacio de liberación, la vida es vivida plenamente, en su riqueza infinita, sin restricciones ni resistencias. Cada momento se abre como un campo de posibilidades ilimitadas, donde la acción fluye sin esfuerzo, sin la interferencia de un hacedor ilusorio. Aquí, en el corazón de la no-dualidad, el mito del control es finalmente visto por lo que es: una sombra que ha oscurecido la luz radiante de la consciencia pura, una cadena que ha atado la inmensidad de nuestro ser verdadero. Al romper estas cadenas, al despejar estas sombras, nos encontramos en casa, en la plenitud de nuestro ser, más allá del hacedor y del control, en la danza eterna de la vida que se vive a sí misma.

Dice el proverbio ZEN: \»Antes de iluminarme, cortar leña, llevar agua; después de iluminarme, cortar leña, llevar agua\». ¿Dónde radica la sutil diferencia? Reside en que la segunda parte se despliega de forma impersonal. Ya no existe una acción atribuida a un yo personal, ya no hay un hacedor, sino el libre fluir de lo que emerge en este instante presente. Todo acontecimiento se desdobla sin la etiqueta del yo, en la armoniosa sinfonía de la vida que simplemente es.

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